Los ataques de pánico son una de las afecciones psicológicas que más ha crecido en los últimos tiempos. Millones de personas en todo el mundo sufren este trastorno (se lo denomina trastorno de pánico cuando la ocurrencia de los ataques deja de ser esporádica y comienza a darse habitualmente) que daña profundamente la vida de estos pacientes llegando en muchos casos a derivar en cuadros de depresión o agorafobia.
El ataque de pánico se caracteriza por un repentino sentimiento de terror paralizante. Se experimenta una insoportable presión en el pecho, sudoración elevada, desorientación, falta de aire y disminución de la presión arterial hasta llegar, a veces, al desmayo. Específicamente, el profundo terror que se siente en un ataque de pánico, no es otra cosa que miedo a morir. Aunque no existe un riesgo de vida real en el cuadro sintomático que acompaña a este trastorno, quienes lo padecen realmente sienten que están muriendo.
En la actualidad se ha avanzado mucho en el tratamiento de esta psicopatología, y si bien aún no se ha podido determinar fehacientemente el origen de este trastorno, se considera que es producido por una combinación de factores mayormente sociales. Se cree que las presiones laborales y de estudio, los problemas de familia y ciertos condicionamientos sociales tienen una gran influencia en la aparición de este trastorno sin poderse determinar el desencadenante específico.
Afortunadamente, la respuesta a los tratamientos tiene una alta efectividad y generalmente, si los casos han sido tomados antes que el cuadro psicológico se agrave, la recuperación es medianamente rápida y sencilla. Lo más indicado actualmente por los profesionales médicos, es una combinación de terapia psicológica con administración de antidepresivos y ansiolíticos.
La prescripción de Prozac conjuntamente con algún ansiolítico ha demostrado ser el método más efectivo para prevenir y minimizar la ocurrencia de ataques de pánico. Las dosis utilizadas en este caso son mucho menores a las administradas para la depresión, y será responsabilidad del psiquiatra encontrar la dosis mínima efectiva que produzca los mejores resultados sin interferir demasiado en la capacidad de desenvolverse normalmente en la rutina diaria.
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